loop.

 

Regresar es saber que nunca se regresa porque, sencillamente, uno nunca se va. Lo vas a ver.                                     Sabes que irse es quedarse.

El objeto que ahora descubres, loop., es un homenaje a Bilbao, un recuerdo conmemorativo de la Villa para ti que lo recibes. Un objeto de regalo que evocará en el futuro una estancia singular, un momento y un lugar; y que hará que vuelva a dibujarse otra vez su recuerdo en la memoria.

círculo. del latín circulus, diminutivo circus; redondo, cerco.

El círculo geométrico como aquella figura plana compuesta por puntos que equidistan de uno dado. Nadie la ha visto nunca ni la podrá ver jamás, no se encuentra entre los objetos sensibles. Lo que vemos son objetos materiales que también llamamos círculos y que pretenden ser, en la forma, aproximaciones al círculo ideal. La forma de círculo existe, pero en el ámbito de las ideas, como un algo inteligible, inmutable e intemporal.

El círculo mágico como espacio acotado que se traza en el suelo para invocar dentro de él y hacer conjuros. El símbolo mandálico hindú, el Enso en la caligrafía japonesa; lo circular como reflejo de la totalidad y de la naturaleza cíclica de la existencia, la preferencia por el círculo como modelo de forma perfecta y símbolo cósmico, la espiritualidad, el romanticismo.

Un círculo como un vasto espacio, al que no le falta nada, y no le sobra nada,

como símbolo capaz de combinar lo visible y lo escondido, lo simple y lo profundo, lo lleno y lo vacío. Un círculo para una ciudad, un homenaje a su idea, la presentación de la misma mediante la síntesis más pura de dicha forma. Un símbolo que nace de la utopía, de lo que aparece como irrealizable en el momento de su formulación; desde aquella ciudad ideal platónica y su planta circular; aquella ciudad entendida como el espacio para albergar la vida social y espiritual, y encaminado a elevar a los hombres hacia la virtud.

un círculo dentro de otro círculo con un círculo en el medio;

sucesivos encajes que refuerzan la idea de centralidad como propia del espíritu de una época, de un lugar, de unas gentes, de una Villa, de Bilbao.

un Bilbao en perpetuo movimiento,

capaz de renacer una y mil veces de sus propias cenizas. Una ciudad de hierro. Una ciudad de agua. Una ciudad de lluvia y de esperanza. El recuerdo que dibuja nuestra memoria, para que ésta nos guíe; y no se nos escape el Bilbao de siempre, ese hoyo serpenteado por una ría. La Ría del Nervión, sin la cual habría sido otra cosa; con sus meandros que disponen camino, con cada una de las curvas que definen su curso, su trazado, hasta la salida al mar. Porque la Villa tiene salida. Un horizonte de agua.

 

Mirar el río hecho de tiempo y agua

y recordar que el tiempo es otro río,

saber que nos perdemos como el río

y que los rostros pasan como el agua.

Jorge Luis Borges

 

La Villa que es un libro y se lee con los pies, que se lee paso a paso,

paso a paso sus rincones, recoletos o abiertos; paso a paso sus fuentes, teatros, parques y calzadas, paso a paso sus frontones, tranvías, muelles y plazas; ermitas y edificios… sus largas calles estrechas y oscuras avenidas que en la noche se encienden como venas de luz. Rincones, algunos, desparecidos; otros, inmutables al paso del tiempo, al hoy, al ayer.

Una Villa que se mantiene como fenómeno vivo y permanente, íntimamente ligado a esa cultura con la que comparte cierta característica de complejidad. El Bilbao de sus gentes y de su peculiar manera de entender la vida, ese algo genuino de Bilbao, intransferible y contradictorio, que siempre queda y quedará; la personalidad marcada de una ciudad, orgullosa de sí misma, que cala en el corazón y consigue hacer de sus calles nuestro hogar.

 


 

Loza, 150x170x40 mm aprox.

 

 

 

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